Las (otras) Noches Blancas

El próximo sábado 13 por la noche, y aprovechando la luna llena, se va a celebrar una nueva edición de La Noche en Blanco en Madrid. Sin embargo no me planteaba hablar de ella -ya habrá momento-, sino de utilizarla como excusa para hablarles de esas otras Noches Blancas escritas por Fiódor Dostoievsky en 1848.  No por nada, pero siempre me encantó esta novela desde que la leí.  En cualquier caso, y como esto es un blog dedicado al diseño, les dejo el enlace de la PÁGINA OFICIAL DE LA NOCHE EN BLANCO DE MADRID  donde pueden bajarse el programa con la ubicación de los actos programados (Que la disfruten y recuerden respetar el descanso de los vecinos que no participen) 😉

 

 

 Pero bueno, si no pensaba mas que hablarles de la novela de Fiódor… mejor les dejo algunas partes de la novela (peca un poco de sensiblera y romántica, pero qué esperan de una novela de juventud escrita hace 160 años…) Y perdonen si  algún párrafo es excesivamente largo, pero no me sean vagüetes, ¿ok?. Relájense y disfruten 🙂

…Hay en Petersburgo, Nastenka, si no lo sabe us­ted, bastantes rincones curiosos. Se diría que a esos lugares no se asoma el mismo sol que brilla para todos los petersburgueses, sino que es otro el que se asoma, otro diferente, que parece encargado de propósito para esos sitios y que brilla para ellos con una luz especial. En esos rincones, querida Nastenka, se vive una vida muy peculiar, nada semejante a la que bulle en torno nuestro, una vida que cabe concebir en lejanas y mis­teriosas tierras, pero no aquí, entre nosotros, en este tiempo nuestro tan excesivamente serio. En esa otra vida hay una mezcla de algo puramente fantástico, ar­dientemente ideal, y de algo (¡ay, Nastenka!) terrible­mente ordinario y prosaico, por no decir increíblemente chabacano…

 

lo que oye usted es que en esos rincones viven unas gentes ex­trañas: los soñadores. El soñador ‑si se quiere una definición más precisa‑ no es un hombre ¿sabe usted? sino una criatura de género neutro. Por lo común se instala en algún rincón inaccesible, como si se escon­diera del mundo cotidiano. Una vez en él, se adhiere a su cobijo como lo hace el caracol, o, al menos, se parece mucho al interesante animal, que es a la vez animal y domicilio, llamado tortuga. ¿Por qué piensa usted que se aficiona tanto a sus cuatro paredes, inde­fectiblemente pintadas de verde, cubiertas de hollín, tristes y llenas de un humo inaguantable? ¿Por qué este ridículo señor, cuando viene a visitarle uno de sus raros conocidos (pues lo que pasa al cabo es que se le agotan los amigos), por qué este ridículo señor le reci­be tan turbado, tan alterado de rostro y en tal confu­sión que se diría que acaba de cometer un delito entre sus cuatro paredes, que ha fabricado billetes falsos, o que ha compuesto algunos versecillos para mandar a alguna revista bajo carta anónima en la que declara que el verdadero autor de ellos ha muerto ya y que un amigo suyo considera deber sagrado darlos a la estam­pa? Diga, Nastenka, ¿por qué no cuaja la conversación entre estos dos interlocutores? ¿Por qué ni la risa ni siquiera una frasecilla vivaz brotan de los labios del perplejo visitante, quien en otras ocasiones ama la risa, las frasecillas vivaces los comentarios sobre el bello sexo y otros temas festivos? ¿Por qué también ese ami­go, probablemente reciente, en su primera visita (por­que en tales casos no habrá una segunda, ya que ese amigo no volverá), por qué también el amigo se queda azorado, lelo, a pesar de toda su agudeza (si efectiva­mente la tiene), mirando el torcido gesto del dueño, quien por su parte ha tenido ya tiempo bastante para embrollarse por completo tras los esfuerzos tan titáni­cos como inútiles que ha hecho por avivar la conver­sación, por mostrar su propio conocimiento de las co­sas mundanales, por hablar a su vez del bello sexo y aun por agradar humildemente a ese pobre hombre que allí nada tiene que hacer y que ha venido por equi­vocación a visitarle? ¿Por qué, en fin, el visitante coge de pronto su sombrero y sale disparado, habiendo re­cordado de pronto un asunto urgentísimo que por su­puesto no existe, una vez que ha librado la mano del cálido apretón de la del ‑dueño, quien trata en vano de mostrar su contrición y recobrar el terreno perdi­do? ¿Por qué el visitante, traspasada la puerta de sali­da, suelta la carcajada y jura no volver a visitar a ese sujeto estrafalario, aunque ese sujeto estrafalario es en realidad un chico excelente?…

 

La habitación está a oscuras. La aridez y la tristeza se adueñan del alma de nuestro héroe. El castillo de sus ilusiones se ha venido sin estrépito, sin dejar rastro, se ha esfumado como un sueño; y él ni siquiera se percata de que ha estado soñando. Pero en su pecho siente todavía una vaga sensación que lo agita ligeramente. Un nuevo de­seo le cosquillea tentadoramente la fantasía, la estimula e imperceptiblemente suscita todo un conjunto de nue­vas quimeras. El silencio reina en la pequeña habita­ción. La soledad y la indolencia acarician la fantasía. Hasta se enciende poco a poco, empieza a bullir como el agua en la cafetera de la vieja Matryona, que tranqui­lamente sigue con sus faenas en la cocina, preparando su detestable café. La fantasía empieza a desbordarse entre alguna que otra llamarada. Y he aquí que el libro cogido al azar, maquinalmente, se le cae de la mano a mi soñador, que no ha llegado ni a la tercera página. Su fantasía despierta de nuevo, está en su pun­to. De pronto, un mundo nuevo, una vida nueva y fas­cinante, resplandece ante él con brillantes perspectivas. Nuevo sueño, nueva felicidad. Nueva dosis de veneno sutil y voluptuoso. ¿Qué le importa a él nuestra vida real? ¡A sus ojos hechizados, usted, Nastenka, y yo llevamos una existencia tan apagada, tan lenta y des­vaída, estamos todos, en su opinión, tan descontentos con nuestra suerte, nos aburrimos tanto en nuestra vida! En efecto, fíjese bien y verá cómo a primera vista todo es frío, lúgubre y, por así decirlo, enojoso entre noso­tros. «¡Pobre gente!» piensa mi soñador; y no es extra­ño que así lo piense. Observe esas visiones mágicas que de manera tan encantadora, tan sugestiva y fluida componen ante sus ojos ese cuadro animado y subyugante, en cuyo primer plano la figura principal es, por supues­to, él mismo, nuestro soñador, su propia persona que­rida. Fíjese en las diversas aventuras, en la infinita pro­cesión de sueños ardientes. Quizá pregunta usted con qué sueña. ¿Para qué preguntarlo? Sueña con todo, con la misión del poeta, desconocido primero e inmortali­zado después, con que es amigo de Hoffmann, con la noche de San Bartolomé, con Diana Vernon, la heroína de Rob Roy, con actos de heroísmo en ocasión de la toma de Kazan por Iván el Terrible, con Clara Mow­bray y Effie Deans, otras heroínas de Walter Scott, con el sínodo de prelados y Huss ante ellos, con la rebelión de los muertos en Roberto el Diablo (¿se acuerda de la música? ¡huele a cementerio!), con la batalla de Bere­zina, con la lectura de poemas en casa de la condesa V.D., con Danton, con Cleopatra e i suoi amanti, con La casita en Kolomma de Pushkin, con su propio rincón, junto a un ser querido que le escucha como usted me escucha ahora, ángel mío, con la boca y los ojos abier­tos en una noche de invierno. No, Nastenka, ¿qué le importa a él, hombre voluptuoso, esta vida a la que usted y yo nos aferramos tanto? A juicio suyo es una vida pobre, miserable, aunque no prevé que también para él acaso sonará alguna vez la hora fatal en que por un día de esta vida miserable daría todos sus años de fantasía, y no los daría a cambio de la alegría o la felicidad, ni tendría preferencias en esa hora de tris­teza, arrepentimiento y dolor puro y simple. Pero has­ta tanto que llegue ese momento amenazador nuestro héroe no desea nada, porque está por encima del de­seo, porque está saciado, porque es artista de su pro­pia vida y se forja cada hora según su propia voluntad…

 

Y uno se pregunta: ¿dónde, pues están tus sueños? Sacude la cabeza y dice: ¡qué de prisa pasa el tiempo! Vuelve a preguntarse: ¿qué has hecho con tus años?, ¿dónde has sepultado los mejores días de tu vida?, ¿has vivido o no? ¡Mira, se dice uno mira cómo todo se congela en el mundo! Pasarán más años y tras ellos llegará la lúgubre soledad, llegará báculo en mano la trémula vejez, y en pos de ella la tristeza y la angustia. Tu mundo fantástico perderá su colorido, se marchitarán y morirán tus sueños y caerán como las hojas secas de los árboles. ¡Ay, Nastenka será triste quedarse solo, enteramente solo, sin tener siquiera nada que lamentar, nada, absolutamente nada! Porque todo eso que se ha perdido, todo eso no ha sido nada, un cero redondo y huero, no ha sido más que un sueño…

 

 

 

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3 pensamientos en “Las (otras) Noches Blancas

  1. esto de las noches blancas da mayor movimiento a las ciudades, pero lo que mas me llama la atencion es que si fuera una fiesta a nivel nacional, seria super interesnate… porque permitiria disfurtar de actuaciones y demas en sitios cercanos y que por motivos de trabajo etc..etc.. nunca podemos ir…
    se lo decimos a zapatero? ejejej

  2. Para realizar tu propuesta, entiendo que se deberían dar diversas condiciones un tanto imposibles por el momento. A saber:

    Concienciar a la sociedad en general que actuaciones como ésta son positivas. Basta con leer comentarios en los foros. Para gustos, colores.

    Coordinar a las diferentes autonomías y municipios, que si no lo hacen a nivel sanitario, educativo o económico, ni te cuento para lo cultural. .. Si no funciona, que pague el pato otro y si funciona, lo usarían para la promoción de la taifa correspondiente.

    Que los políticos en general y a quien mencionas en particular tuviera una idea clara de qué es el Arte Contemporáneo y de cómo conforma y es formado por las sociedades modernas. En dos tardes igual lo aprende… o no

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