Requiem por la vieja ciudad.

(un cuento de un amigo, que lo disfruten – ah, y no es de halloween 🙂 -)

La colina se alza frente a la ciudad. El primero de noviembre se hielan las flores en las tumbas de la ladera. Desde allí se contempla el discurrir del río de un horizonte a otro. En frente, el milenario puente del que creció la ciudad; allá, la torre del gobierno; más allá, la catedral con su campanario; a su lado, el museo del que todos se sienten orgullosos. Vieja ciudad, crecida de sus padres pero que morirá sin descendencia.

 

Una misa de muertos en día de todos los Santos. Mañana fría acompañada de vaho constante. El coro entona el Kyrie:  “Kyrie eleison”.  Las voces profundas rasgan la penumbra de la cripta. El olor a incienso se funde con la música milenaria. Miro las caras que me rodean. “Christe eleison”. Gestos de dolor, pensativos, un rostro distraído, un niño bosteza. “Kyrie eleison”. La gente mira a sus muertos, recuerda. Yo no. He subido al monte por aquellos que morimos en vida. “Gloria in excelsis…”, el coro continúa. El espacio se vuelve más denso gracias a una grieta de luz que penetra por la ventana de piedra. Media hora más de penumbra, de dolor, de recuerdos y el aire frío retornará a nuestras caras. Para muchos un alivio. Ojalá pudiera permanecer yo en este mundo de sombras, sin tiempo, sólo espacio, un ralentizar de la vida.

 

La tarde, tan fría como la mañana. El ocaso imperceptible tras las nubes de acero. Las sombras lo acarician todo. Caminar por las piedras es grato; acompaña el eco de las pisadas con un ritmo especial. Ritmo, frío, piedra, sombras… todo se une de nuevo. Saludos a los conocidos. Me envidian por mi posición, ignoran que sólo soy un cadáver sin sentido, sólo soy el eco de mis pisadas de ayer.

 

Ayer, parece que fue ayer -quizá fue ayer- cuando ocurrió. Su perfume me sacó, una vez más, de mi contemplación. “Perdona”, susurró a mi oído como sólo ella sabía hacer. Imposible enfadarse.

         ¿Sigues creyendo en que se equivocan?

         Sí, la ciudad va a morir y no se dan cuenta; no perciben que hay que hacer algo, ha enfermado y morirá.

         Quizá no les falta razón.

         Cómo que no. Hemos  llegado hasta aquí gracias a un caminar constante de nuestra ciudad, de nuestros edificios, de nuestras casas, de nuestro arte. Pero no: han disecado la ciudad, está congelada y morirá.

         Pero a la gente le gusta, es su ciudad.

         No, te equivocas. Es su escaparate gigante, su casita de muñecas que miran pero no la viven, donde todo está en su sitio y cuando ellos mueran la ciudad no lo va a sentir porque es ajena a ellos.

         Pero sus sentimientos…

         ¡Al diablo con sus sentimientos! Seres egoístas que no piensan en sus hijos. Sus mayores crearon la ciudad más hermosa y ellos la desprecian.  Se ven incapacitados de mejorarla y poco a poco se nos muere.

         Exageras. Sucede que estás resentido porque no te han permitido construir.

         No, no creo que exagere. Ya que se creen impotentes de superar lo que hay, habría que  dinamitar lo ya existente y comenzar de nuevo.

         No digas tonterías.

 

Sí, hasta creo que fue ayer. Ojalá hubiera sido ayer. Pero no, no decía tonterías. Ojalá hubiera sido una tontería. No es tan difícil encontrar un explosivo. Calcular la hora más adecuada. ¿Bajas, riesgos, merecería la pena? Era necesario por nuestro bien, por el de las próximas generaciones. No, no era difícil. La torre vieja del gobierno y símbolo político de la ciudad caería sin causar casi desperfectos. Se construiría algo actual y la gente comprendería que no es imposible vivir nuevamente en la ciudad. No era difícil, no.

 

“Nos veremos mañana”, me dijo al oído aquella tarde. Horas después la explosión levantó a toda la ciudad. Aquella mañana se heló aún más. Confusión en las noticias respecto a la autoría: terroristas, brigadas de no-sé-qué-color, identificada la víctima casual que se encontraba en el lugar equivocado a la hora fatal: ella. Vómito frío en el lavabo.

 

“Lacrymosa dies illa”, el coro de nuevo. Le gustaba tanto pasear por la noche. Por los muertos y por los que estamos muertos en vida. Sólo soy un cadáver, ciudad contemplada a mis pies. Acuerdo general en el consistorio para elevar una réplica exacta de la vieja torre. “Requiem aeternam dona eis”.

 

El coro calla. La tarde, tan fría como la mañana. La misa de muertos que concluye. Siempre le gustaron las violetas. Se helarán sobre su nombre grabado en piedra. Sí, el río cruza de horizonte a horizonte. Allá, un puente; allá una catedral y su campanario; allá un museo; allá, una nueva torre vieja…

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